Señor Director:

Leí con mucha atención las razones que dio el senador Ignacio Walker para abstenerse en la votación de la glosa presupuestaria sobre gratuidad, y las comparto plenamente. Sin embargo, lamento una omisión. No solo fueron discriminados estudiantes vulnerables de los IP y CFT, sino también los 120 mil que son alumnos de las universidades privadas.

La glosa sobre gratuidad para la educación superior es producto de una seguidilla de acciones emprendidas sin conocimiento del sector y sobre la base de ideas predefinidas, además de erradas. Cuesta entender que las universidades privadas hayan sido el único sector que no recibió ninguna consideración de parte del Gobierno y la mayoría legislativa que aprobó la iniciativa. No se tomó en cuenta un grupo de universidades que aporta cada año más de la mitad de los nuevos profesionales, con altas condiciones de empleabilidad y renta.

Se dijo que “en ellas estudian los jóvenes ricos”. Falso. Según la última encuesta Casen, el 40% de los estudiantes más vulnerables de la educación superior (quintiles 1 y 2) se distribuyen en igual número entre las universidades del CRUCh, las universidades privadas y los institutos profesionales.

Se dijo que “son universidades caras; cobran lo que quieren”. Falso también. Según datos oficiales, el arancel promedio real de las universidades privadas acreditadas es de $3.300.000, mientras que el arancel promedio real de las universidades del CRUCh es de $2.800.000. A eso hay que agregar que el presupuesto 2016 contempla 260 mil millones de pesos para ser traspasados exclusivamente a las universidades del CRUCh. Eso significa que el Gobierno les aporta algo más de 850 mil pesos por estudiante y que, en consecuencia, el costo real promedio de un estudiante de las instituciones del CRUCh es de $3.650.000 al año.

No somos las universidades de los jóvenes ricos, ni tampoco las más caras. Sí, al igual que nuestros estudiantes, somos las más discriminadas.

Jaime Vatter G.
Presidente Corporación Universidades Privadas Rector Universidad Santo Tomás

Fuente: El Mercurio