Un gran error se cometería si en la futura legislación de educación superior se limita el concepto de universidad a un solo tipo de universidad, aquella “compleja y de investigación”.

Además de los obvios problemas para definir qué se entiende hoy en el mundo por “investigación” y por universidad “compleja”, existen múltiples razones que desaconsejan ese paso:

  • 1) Nunca ha existido un solo tipo de universidad, y la característica dominante ha sido la diversidad. De hecho, los griegos nos legaron hace miles de años al menos dos sistemas generales de educación, el ateniense y el espartano, y en lo específicamente universitario, desde hace siglos, hablamos de al menos dos modelos: el de Humbold y el Napoleónico.
  • 2) Hoy, algunas de las contribuciones e inventos más importantes vienen de fuera de la universidad. No solo empresas, sino también alianzas de gobiernos e instituciones especializadas como la NASA o telescopios. En lo que sigue siendo insustituible es en la investigación básica.
  • 3) Trabajar sólo con universidades de punta o research universities enfrenta al país a un desafío irrealizable en el día de hoy, ya que ni siquiera tenemos una que reúna esas características, además que cualquiera de ellas cuenta con un presupuesto que supera con largueza al total de lo que se invierte en un país como Chile.
  • 4) La verdad es que separando la Universidad Católica (de Santiago), la Universidad de Chile y quizás agregando unas tres o cuatro universidades más, todas muy selectivas, no existe mayor diferencia en el resto de las acreditadas en la mayoría de indicadores. Más aún, en distintos rankings, de las diez mejores universidades de Chile, sólo figuran tres estatales, y el resto se reparte entre privadas tradicionales y privadas creadas a partir de 1980. En los rankings internacionales, las dos mencionadas figuran bien en América Latina, pero lejos, muy lejos de las mejores del mundo.
  • 5) Esa es la realidad, y a quienes se nos pide opinión para establecer rankings internacionales como QS y otros, estamos muy conscientes de la enorme dificultad de caracterizar a una universidad como “compleja” o de “excelencia”. Dada la dificultad o imposibilidad para establecer un estándar que no sea arbitrario o subjetivo, lo recomendable ha sido siempre que las instituciones establezcan misiones y énfasis diferentes en función de su proyecto y autonomía, y se les evalúa en función de su cumplimiento con los compromisos de acreditación.
  • 6) Si la futura legislación se comprometiera solo con uno, es decir, ese tipo de universidad, crearía una dificultad adicional: separar las competencias y atribuciones de la prometida subsecretaria de educación superior y del futuro Ministerio de Ciencia y Tecnología, además de los recursos que se comerían burocráticamente esas instituciones, en épocas de vacas flacas. A lo anterior, habría que agregar un problema adicional: la postergación de las ciencias sociales y humanidades, áreas donde Chile podría contribuir quizás mejor al saber universal, y que han sido permanentemente descuidadas.
  • 7) A lo anterior, hay que agregar que en Chile la contribución de empresas privadas, grupo, económicos, el Estado, gobiernos locales, etc, es escasa por no decir inexistente, por lo que todo el peso recae en universidades, es decir, no hay ciencia y tecnología fuera de ellas. Sin embargo, al no tener al menos una institución de categoría mundial, en el fondo, una legislación que define un solo tipo de universidad, es el equivalente a patinar en la arena. La tarea de tener al menos una institución de nivel significa centrarse casi exclusivamente en la investigación y el posgrado, y por lo tanto, pensar no sólo en cantidades enormes de recursos, sin los cuales es demagogia pura, sino en la colaboración más que en la competencia ya que una sola institución carece simplemente de la masa crítica necesaria.
  • 8) Como los recursos son escasos y existen enormes disparidades en perjuicio de las regiones y de los que provienen de hogares más desfavorecidos en lo económico y en redes, todo sentido común diría que los US$ 100 millones para TVN estarían mejor empleados en reducir las desigualdades, ya que como lo señaló el profesor Ramón Berríos convertir a la Universidad Tecnológica Metropolitana en un equivalente a la Universidad de Chile, costaría recursos equivalentes a lo que se aportó para otorgar gratuidad al 50% más vulnerable de la totalidad de universidades estatales.
  • 9) Si queremos universidades que investiguen, además del desconocimiento qué entendemos por ello (aplicada, básica, etc), existe el problema de cómo medirla, ya que fácilmente podríamos caer en aquello que los países más desarrollados vienen de vuelta: es decir, recurrir al único expediente de publicar en revistas especializadas, algunas de escaso renombre, en perjuicio de libros y de investigación de largo alcance. Además que existe abundante evidencia que no existe relación entre “investigación de punta” con la calidad de formación de pregrado o profesional, y que quienes enseñan requieren habilidades distintas.
  • 10) Con todo lo anterior, es incomprensible que el país haya invertido enormes cantidades en formar miles de posgraduados en el extranjero, quienes vuelven sin tener trabajo en universidades, por lo que muchos emigrararán a países que los recibirán gustosos. Es un ejemplo más de prioridades extraviadas, además que muchos de esos estudios se pudieron haber hecho aquí, fortaleciendo a las universidades existentes.
  • 11) El peor problema podría ser uno social, de elitismo. Fresco está todavía el recuerdo del gobierno de Pinochet intentando reservar la denominación de universidades para algunas carreras, y las otras fueron a institutos y academias. Hoy se pretende hacer una distinción también artificial, y el resultado puede ser aún más elitismo, donde aquellos de mayores recursos y capital cultural llegarán a las “universidades” y el resto, la mayoría, iría a otras instituciones. El resultado será la frustración de aquellos, ya que el nombre de universidad tiene socialmente un sello especial en un país clasista, para efectos de igualdad y movilidad social.

En resumen, por cierto toda universidad debe ser acreditada, pero debe ser evaluada en el nivel que le corresponde. No cometamos el error de matar la diversidad y definir un solo tipo de universidad digno del nombre, cuando la tendencia internacional es diferente y apunta a distintos tipos de instituciones, incluso universidades especializadas en artes, tecnología, pedagogía, y otros. De hecho, en EE.UU. hay miles de universidades, y solo un número reducido son consideradas como “research universities”, de investigación.

Por sobre todo, no contribuyamos más a la desigualdad limitando el acceso a la universidad a los chilenos más pobres, y por secretaría.

Fuente: La Tercera