Comunidades educativas y Estado

La reforma educacional del gobierno y el debate que ha suscitado la misma, tienen un vacío de orden sustancial que, de no corregirse a tiempo, afectará gravemente el resultado y los efectos de la misma.

La opinión pública escucha la discusión de los actores sociales sobre las reformas a la enseñanza básica, media y universitaria. Se habla del lucro, selección y copago y la imperiosa necesidad de proscribirlos por ser enemigos de la calidad. Así se afirma en los proyectos de leyes en tramitación y sostienen apasionadamente las autoridades de gobierno. Sin embargo, se omite un tema muy de fondo, relacionado con saber, definir y conceptualizar, previamente qué son, en esencia, los colegios o establecimientos educacionales y las universidades. La mayoría de quienes han emitido juicios ponen el acento en la conformación jurídica de tales entes, ya sean públicos o municipales, sociedades anónimas, sociedades de responsabilidad limitada y, en su caso, corporaciones o fundaciones. Acto seguido se sitúa como contraparte de tales organismos directamente al Estado y se propicia que éste debiera tener una intervención activa en la forma, modo y condiciones en que debe desarrollarse la educación o enseñanza. Una especie de intervención masiva del Estado en todo el quehacer educacional; para sus autores, que por sí misma traería aparejada una nueva educación con recursos públicos de calidad.

¿Dónde encontramos el vacío?

En la ausencia de toda perspectiva que razone desde la circunstancia de que todos los establecimientos educacionales mencionados, ya sean públicos o privados, de la enseñanza básica, media o universitaria, son comunidades; mucho más allá de la expresión jurídica que se les ha dado en cada caso concreto, a la luz de la normativa del derecho público o privado, administrativo, civil o el derecho comercial. Con frecuencia se tiende a olvidar que los colegios y universidades son cuerpos intermedios entre la persona y el Estado. En esas comunidades viven y se desarrollan las personas, tal como sucede a la par con las familias. Son el punto de encuentro de las personas, desde su primera edad hasta que alcanzan algunos a egresar de las universidades.

En la enseñanza básica y media nos encontramos no sólo con el propietario y dueño del establecimiento, sino que también y vitalmente con sus profesores y con los centros de padres y los centros de alumnos. Los niños, ya desde el prekínder, van aprendiendo a vivir y a relacionarse con los otros. Se integran los miles y millones “yo” con los millones de los “otros”, y así se va conformando la sociedad con un “nosotros”. El primer nosotros nace en la familia. Más tarde ese “nosotros” se amplía cuando el niño acude a la sala cuna, al jardín infantil, al colegio y se encuentra con su comunidad educacional, la comunidad de compañeros y compañeras de curso, la comunidad de sus maestros y la relación vital de los padres que se agrupan en cada uno de los cursos y que hacen vida social comunitaria. Esa comunidad con sus compañeros que se manifiesta también en fiestas de cumpleaños, celebraciones de premios, actividades deportivas y recreativas, reuniones de padres y madres, fiestas de colegio y, fuera del establecimiento, es parte de una relación comunitaria diaria, que muchas veces se prolonga a lo largo de toda la vida.

Si llegan a la enseñanza superior, de carácter universitario o de otra índole, se incorporan a un organismo más complejo cuya calidad no está determinada por la cantidad de subsidios, becas, préstamos o rentabilidad del capital social de los inversionistas o por la forma jurídica específica que se haya adoptado, sino que por la efectividad de ser ellas verdaderos templos que buscan y construyen la verdad, o las miles de verdades que conforman el pleno conocimiento en las áreas de las ciencias sociales, jurídicas, psicológicas, físicas, químicas y de tantas clases y especies de saberes que han ido surgiendo en el curso de los tiempo. Así se va construyendo el Chile actual y el del mañana próximo y remoto.

Las reformas llamadas educacionales, debieran llamarse culturales. Estas últimas permiten, que cada hombre, mujer o niño se forme, vaya adquiriendo su propia concepción del mundo, desde su íntima y personal perspectiva. Aquí debiera estar el acento fundamental de todo cambio o transformación. Debemos pensar qué hacemos para que se deje de hablar sólo de las reformas educacionales y se entre de lleno a dialogar y conversar, en todas las comunidades que existen en el país, sobre la cultura, sobre ese saber existencial que hace que todas y todos fortifiquen su esencia y dignidad de personas. Alejada la educación de la cultura se transforma en entrenamiento o desarrollo de habilidades.

Las materias del orden estrictamente económico, aunque importantes, debieran estar en un lugar secundario, pues son meramente instrumentales. Por cierto que son muy importantes, no se puede prescindir de ellas, pero lo que es relevante es que las actuales y futuras generaciones de niños, jóvenes y menores adultos elaboren en profundidad una cultura propia.

Las materias del orden estrictamente económico, aunque importantes, debieran estar en un lugar secundario, pues son meramente instrumentales. Por cierto que son muy importantes, no se puede prescindir de ellas, pero lo que es relevante es que las actuales y futuras generaciones de niños, jóvenes y menores adultos elaboren en profundidad una cultura propia.

Una cultura que se funde en nuestra propia realidad geográfica e histórica. Como decía Pablo Neruda, en su Canto General, en el principio no fueron las cascadas, sino que los ríos arteriales. Como dice la Biblia, en el principio y después de la oscuridad vino la luz, que los científicos tratan en su teoría como el Big Bang. Tiene que haber cultura en los maestros, profesores, directores de escuela, decanos, rectores, directores y profesores de universidades. La prioridad de Chile debiera ser cómo hacemos cultura. Desgraciadamente, en estas tierras por un lado marcha el Ministerio de Educación y por otro el Ministerio de la Cultura, pese a que la Educación en su sustancia y ser vital es hacer cultura. Cuando se habla de que el fin último de la reforma educacional es la calidad de la educación, nunca se ha mencionado –ni por los rectores de las grandes universidades públicas, ni tampoco por las autoridades políticas– la cultura propiamente tal; y se ha omitido que son los cuerpos intermedios, las comunidades de base, las juntas de vecinos, los centros de madres, los colegios con sus centros de padres, los centros de alumnos, los claustros académicos, las iglesias, cualquiera que sea su confesión y los organismos laicos, los que crean y hacen cultura.

Lo que se ha producido en Chile es una disociación completa, entre enseñanza y cultura y una omisión relevante sobre la esencia misma de los establecimientos educacionales, que son y debieran ser centros culturales, centros vitales de la creación y transmisión del conocimiento y de la verdad o, mas bien dicho, expresión de las múltiples verdades que se descubren y se van conociendo. Con mucha sabiduría se ha dicho que la verdad es una figura geométrica de infinitos lados. Los niños y jóvenes deben adentrarse en ese mundo. En ese que comienza en la comunidad pilar de toda sociedad: la familia. Hoy se habla de diversas clases de familias, lo que por cierto reconocemos como una realidad. Digamos que nuestras vidas comienzan cuando nos acunan al nacer, cuando nos reciben en este mundo, en un hogar de afectos, de cariños y de tantos amores. Cuando vamos creciendo llegamos con sorpresa y a veces también con miedo a la pequeña comunidad del prekínder, si es que antes no hemos pasado por la sala cuna y el jardín infantil. A medida que va pasando el tiempo, hoy en mayor número que antes se llega a la universidad. Allí, en esa gran comunidad del saber, se debe buscar siempre, más que un título profesional o una destreza técnica, una cultura e identidad. Las universidades son comunidades del saber. Este debe ser plural. Todas las visiones y perspectivas debieran ser recogidas en esos centros del saber.

La intervención del Estado, aun en sus propias instituciones, que tanto hoy se reclama como principal, debe ser muy racional, para dejar que estas comunidades o cuerpos sociales intermedios crezcan y se desarrollen en libertad. La libertad no es contradictoria con la igualdad. Es deseable y constituye una aspiración noble de la mayoría del país que exista igualdad de condiciones en la educación y en las universidades. Esa igualdad no está en contradicción con la libertad que deben tener los cuerpos intermedios. Ya que conjugando estos dos valores –la libertad e igualdad–, se puede construir una sociedad mucho más fraterna. Esta sociedad fraterna solo se puede construir desde la base a través de una sociedad formada por comunidades, y especialmente por las comunidades de comunidades, en la que los centros educacionales son los más importantes para una vida en común con muchos, pero con plenas libertades.

Las comunidades cohesionan los cuerpos sociales. En ellas pueden convivir diversas culturas, igualmente distintas naciones. Todas pueden dialogar y conversar en las comunidades. Estos son los organismos o cuerpos intermedios que existen entre las personas y el Estado. Así como los derechos fundamentales se estructuran para defender a las personas ante el poder del Estado, debiera valorarse al máximo el derecho a formar comunidades, y ser parte de ellas. Por ello, por violar su esencia, no pueden ser absorbidas total y completamente en su organización y dirección por el Estado.

Cuando el Estado se inmiscuye en todo y todo lo controla, dirige y fiscaliza, las comunidades se resienten y como son organismos no solo de orden social, sino que corresponden también a factores de carácter biológico, las comunidades cuando son intervenidas, sin observar previamente la política del diálogo, del acuerdo, del necesario consenso democrático, se termina por romper la base misma de la sociedad; sus comunidades mueren o subsisten languideciendo.

Son estos sistemas de relaciones múltiples y complejas los que hacen posible a la sociedad, vehículo multiforme, que vincula al Estado con los individuos que devienen en personas, dotadas de una dignidad intrínseca, superior y anterior al Estado.

Este punto de vista, que hemos brevemente reseñado, no ha sido, a juicio nuestro, aún realmente incorporado al debate ni a la formulación del necesario orden legal. Y hoy cuando todo se quiere cambiar, tiene que comenzarse a hablar de las comunidades de comunidades, del mundo que hay en cada una de ellas, que son agentes de cambio en la base social. Todo el ordenamiento constitucional fundamental debe estimular, proteger y amparar a estas comunidades, a la familia, a los colegios y a las universidades.

El derecho a vivir en una comunidad y el derecho de ésta a existir, cualquiera que se la forma jurídica que adopte, siempre que no sea contraria a la moral, a las buenas costumbres o al orden público, tiene que estar realmente amparado, por la Carta Fundamental. El legislador podrá dictar todas las leyes que quiera, en uso de su potestad legislativa, pero no podrá aunque lo intente inmiscuirse más allá de lo estrictamente necesario para resguardar los valores señalados, en el funcionamiento de tales organismos intermedios, ya que allí se juega la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Estos principios y valores de nuestra sociedad y que corresponden a la civilización de la cual formamos parte y que queremos seguir integrando, deben siempre tenerse presente por los cuerpos u organismos públicos fundamentales que dictan leyes, elaboran reformas constitucionales o introducen transformaciones al ordenamiento jurídico positivo, especialmente en lo relacionado con la enseñanza y la cultura.

La sociedad chilena debiera estar discutiendo, en una gran conversación colectiva, muy distinta al criterio descalificador que vemos en una especie de verdadera asamblea constituyente cultural, la cultura propiamente tal que queremos para Chile, la pluralidad cultural, el carácter plurinacional de nuestro Estado. Todos debiéramos estar preocupados de cómo se transmite y crea el conocimiento en la actualidad; cómo se conocen las cosas y los seres en las comunidades de base de la sociedad, en los olvidados cuerpos intermedios educacionales y culturales. Nos gustaría conocer cuántos académicos tiene actualmente Chile, cuales son las investigaciones que están realizando, los trabajos publicados en revistas de carácter internacional, los descubrimientos realizados; cómo se está creando conocimiento y cómo está cambiando la forma de pensar, en un mundo que abandona cada vez más la lectura y se transforma para los más jóvenes en audiovisual, digital o meramente tecnológico y que hace cambios estructurales en las técnicas de aprender, que influyen en su funcionamiento neurológico. De allí que siempre se habla y con autoridad, que todo comienza en la sala de clases. Nosotros decimos que todo comienza en la sala cuna y de allí se va caminando en una larga ruta que debiera ser de afectos, de sentimientos y de conocimiento de otros.

Chile necesita realmente un cambio profundo de contenido humanista y no de criterios meramente economicistas. La reforma educacional que votamos no puede ser única y exclusivamente un debate económico, una discusión de cifras, de encuestas, de porcentajes; debiera ser el debate de una sociedad abierta, llevado a cabo en los cuerpos intermedios, en las comunidades mismas.

Si queremos corregir el modelo neoliberal con su carga de individualismo extremo, es preciso presentarle batalla con verdaderos contenidos y no con eslóganes o simples titulares de noticiarios de televisión, o conceptos simplistas tipo Twitter.

No parece tan obvio, pero en el fondo estamos asistiendo a una gran batalla cultural en este campo. Un combate que es parte de una interminable lucha por las ideas. Para la derecha, los colegios son meros centros de aprendizaje, fábricas de expertos e incluso una de las muchas actividades lucrativas posibles. Para la izquierda, es una cuestión sustancialmente estatal, dirigida y controlada por el Estado. Para nosotros, es una materia distinta que exorbita esas categorías y que se opone frontalmente a las reducciones de las anteriores visiones. Por eso pedimos un esfuerzo colectivo para mirar y reflexionar sobre los conceptos expuestos. Así la tarea del Gobierno y el Congreso y por cierto de la ciudadanía podrá ser fructífera y conducirá a una especie de tarea nacional y popular, comprensible para la ciudadanía.

En la interpelación al señor ministro de Educación se hizo referencia a un estudio de la Universidad de Chile sobre los colegios que fracasaron, más de 3000, en 15 años. Nadie se condolió del drama que ello envuelve, más bien se celebró que ello demostrará que no era grave ni nuevo y que así opera el mercado. El estudio aludido aún en proceso asegura que la “industria de la educación” es muy compleja. Qué grave considerar que la educación se somete a las puras reglas del mercado como cualquier comercio o industria.

Es una mala y degenerada aplicación de la economía a un tema que se debe regir por otros cánones en lo substancial.

Como sostenía, ya en el año 1943, Jacques Maritain: “El campo de la enseñanza es el campo de la verdad –la verdad especulativa y la verdad práctica. La única influencia que domine en la escuela y en la universidad debe ser la de la verdad, la de las realidades inteligibles, cuyo poder iluminador obtiene por su sola virtud –no por la de la autoridad humana o del magíster dixit– el asentimiento de un espíritu abierto dispuesto a pronunciarse de una manera u otra sobre la fe de la evidencia. Sin duda el espíritu abierto del niño se halla aún desarmado e incapaz de juzgar sobre la fe de la evidencia; por tanto, él deberá creer a su maestro. Pero desde un principio, el maestro tendrá que respetar en el niño la dignidad del espíritu, deberá apelar a la capacidad de comprensión del niño y concebir su propio esfuerzo como algo que ha de preparar a un espíritu humano a pensar por sí mismo”. ¿Y qué significan tales conceptos?: libertad, mayores espacios de libertad, respeto de la dignidad de toda las personas y más comunidades.

Podemos decir, plenamente convencidos, que la reforma educacional que hasta ahora impulsa el Gobierno y la Nueva Mayoría no se orienta, hasta donde sabemos, a considerar cabalmente la realidad que representan las comunidades de comunidades, que existen en el ámbito educacional. Han olvidado, tal vez sin quererlo o guiados por una visión ideológica equivocada, la cultura, la vigencia y existencia de los cuerpos intermedios que conforman la sociedad. Se requiere, como tarea de extraordinaria importancia, una misión colectiva cultural y educativa, personalista, humanista y vitalmente comunitaria. Sólo desde este punto de vista, se podrá construir una reforma educacional con más sentido y contenido humano, que multiplique los afectos en la sociedad chilena. Por este cambio cultural debiera jugarse el país y aquí debiera estar el centro del debate, no en los temas económicos o econométricos que seducen a tantos y que han hecho que olviden el centro mismo del problema: las personas y su pertenencia a las comunidades.

Prontamente se presentarán proyectos de leyes sobre la educación estatal, radicada hoy en el nivel municipal. Se escucha decir que el Estado pasaría a tomar a su cargo tal educación, a través de órganos o agencias estatales descentralizadas o desconcentradas. Pero hay mucha oscuridad aquí. Una Educación Pública, concebida solo así, es una simple estatización de la misma. Habría que pensar más bien en una educación pública con fuertes dosis de autonomía respecto del Estado, poniendo el acento en lo comunitario. Lo público no está exclusivamente en el Estado. También hay Educación Pública cuando esta es realizada por comunidades o cuerpos autónomos, regionales, municipales o locales ajenos al Estado, que cumplan fines públicos y que deben incorporar en sus estructuras la participación activa de los docentes, de los padres y madres, y de los propios alumnos y alumnas, en la proporción adecuada, en todo el proceso educacional, según sus conocimientos, méritos y preparación.

También se presentarán proyectos de ley sobre las Universidades. Esperamos que antes de hablar de aportes basales fiscales, presupuestos y gratuidad, se converse y dialogue en las comunidades universitarias, sobre la misión de las universidades. Sobre los aportes creativos de los universitarios. Después de concertada cuál debiera ser la misión de las universidades chilenas, debería la necesaria autonomía de ellas quedar resguardada en la Constitución. Solo así podrán transmitir conocimientos y abrir caminos a una juventud culta, con concepciones y visiones humanistas sobre la vida. Si se hace esto, que es pura comunidad, se estaría construyendo un país solidario. Una nación, país o Estado es un proyecto de ideas y tareas, es más que un pasado común, es más que los mares, ríos valles y montañas. Es un propósito común de una sociedad plena de comunidades debidamente articulada que crea confianza y hermandad.

CONCLUSIONES

1.- La gran reforma debe considerar que en las instituciones educativas que se financian con fondos públicos se desarrolla una auténtica comunidad educativa, que se debe representar en órganos colegiados que influyen y deciden en lo que concierne a su conducción; que esté integrado por los sostenedores, fundadores o representantes del Estado, en su caso, y los profesores, apoderados y alumnos. El sector privado debería imitar este proceso educativo si desea acceder a la categoría de comunidad educativa.

2.- La autonomía universitaria debe ser reforzada y tener rango constitucional.

3.- Debe superarse la dicotomía Estado y emprendimiento educacional y con las palabras de la máxima autoridad decimos:

Con mucha propiedad, Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco, escribió lo siguiente:

“En este momento creo que, o se apuesta a la cultura del encuentro o se pierde. Las propuestas totalitarias del siglo pasado –fascismo, nazismo, comunismo o liberalismo– tienden a atomizar. Son propuestas corporativas que, bajo el cascarón de la unificación, tienen átomos sin organicidad. El desafío más humano es la organicidad. Por ejemplo, el capitalismo salvaje atomiza lo económico y social, mientras que el desafío de una sociedad es, por el contrario, cómo establecer lazos de solidaridad”.

4.- Reconocemos que pensamos y escribimos desde una filosofía, un humanismo cristiano que se proyecta en la sociedad. Ello, lejos de avergonzarnos, nos tonifica, nos ayuda en la búsqueda de las certezas, y por ello no ocultamos nuestras raíces, no buscamos en otras concepciones las respuestas que ofrecemos. No somos liberales, porque no creemos en el solo individuo, valga la redundancia, y tampoco en el Estado como motor absoluto ni mayoritario del bien común.

5.- Cada uno debe dejar claro qué defiende y qué anclaje tiene. Las reformas estructurales por ser tan necesarias requieren ser fundadas con claridad. Es lo menos que puede pedirse para que la discusión sea diáfana y su creación válida socialmente.

6.- No discutimos que la educación es un derecho de características polifacéticas; es un derecho claramente social y público, pero al mismo tiempo es de orden familiar y constituye un derecho personalísimo de los alumnos y las alumnas; esto está reconocido por los Pactos Internacionales y entramparnos indefinidamente en los instrumentos, que podemos perfeccionar en el tiempo, sería un error en un Chile que merece superar la discusión actual. Este artículo invita a un camino que se transita unidos o no nos llevará a ninguna parte. El bien común nos indica que el Estado, por cierto, debe fiscalizar y supervigilar la actividad educacional, en todos sus aspectos, pero haciéndolo siempre desde un claro punto de vista que considere la existencia de las comunidades que no pueden ser desconocidas o desvalorizadas y en estas siempre ha de primar el interés público relevante. El propósito central de estas comunidades debiera ser, por sobre todas las cosas meramente financieras o económicas, el desarrollo integral de todas las personas. Este es el fin u objetivo esencial que debe buscarse siempre. La sociedad del bien común se construye sobre la base de las comunidades.

Fuente: El Mostrador