El gran consenso mundial en educación es la inclusión

Nicolás Eyzaguirre
“La igualdad de oportunidades es una necesidad tanto por razones de cohesión social como de viabilidad económica, que es también una condición clave para el desarrollo económico y social…”

“La educación parece haber estado perpetuamente en crisis en nuestro siglo”, dice Fernando Savater en un libro hermosamente titulado El valor de educar . Y aunque pareciera que se refiere al siglo XX -que es el que más nos ha tocado vivir a él y a mí-, no cabe duda de que la frase es muy válida para este nuevo siglo también.

El mundo entero se preocupa hoy por la educación. Y a esa conversación -marcada por el cambio acelerado, la globalización y la nueva economía del conocimiento- nos hemos sumado los chilenos con nuestra reforma y nuestras propias disyuntivas.

En ese escenario -y en el marco de un debate que ha dado poco espacio para la conversación constructiva- es válido preguntarse cuán sintonizados estamos con las preocupaciones del mundo, cuán cerca o lejos estamos de las políticas más avanzadas en esta materia y, por cierto, qué aspectos de esas políticas son fundamentales y más permanentes en el tiempo, y cuáles son más bien instrumentales y ajustables a la realidad de cada momento o de cada sociedad.

Esa fue la principal motivación de una breve e intensa gira que en los primeros días de noviembre nos llevó a Finlandia y Francia para conversar con autoridades, académicos, profesores, expertos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) e intelectuales de distintas disciplinas -como Alain Touraine y Jacques Attali-, interesados en los cambios que se impulsan en Chile.

Fue un viaje que nos dejó muchas lecciones, algunas de las cuales comparto aquí.

Que nadie quede en el camino

La principal conclusión es que estamos en sintonía con el mundo desarrollado. El gran consenso mundial en educación es la inclusión, porque solo de esta forma es posible ofrecer a todos y cada uno de los niños las mismas oportunidades de desarrollo integral a lo largo de su vida.

En las economías más avanzadas -todas indiscutiblemente capitalistas, por cierto- la igualdad de oportunidades es un elemento central del pacto social. Si bien todas ellas, en mayor o menor medida, aprecian la importancia del talento, el esfuerzo y la capacidad innovadora como motores del bienestar individual, todas también comparten la idea de que ningún niño puede quedar rezagado y de que sus oportunidades no pueden depender de cuán exitosos hayan sido sus padres o de las circunstancias en que les ha tocado nacer y vivir. En la fría Helsinki -donde la noche cae por esta época a eso de las 4 de la tarde-, esa fue quizás una de las ideas más reconfortantes que nos transmitieron las autoridades y, sobre todo, los profesores.

Finlandia es una nación pequeña -menos de un tercio de la población de Chile- que sobrevivió a las tensiones de la primera mitad del siglo XX y que tras la Segunda Guerra Mundial entendió que, carentes de una gran dotación de recursos naturales, su único camino al desarrollo era que todos y cada uno de los finlandeses desarrollaran al máximo sus potencialidades.

Los tres objetivos centrales de la política educacional finlandesa entre 1945 y 1970 fueron, en primer lugar, dar al sistema de educación una estructura que permitiera el acceso a mejor y más educación para todos, para luego diseñar e implementar un currículum enfocado en el desarrollo integral de los niños y modernizar la formación de los profesores para que fueran capaces de responder a estos desafíos. Una segunda ola de reformas, a partir de la década de los 80, se ha enfocado en la reformulación teórica y metodológica de la enseñanza escolar; en el mejoramiento del sistema a través del trabajo en red y la autorregulación, y en la búsqueda de una mayor eficiencia del sistema.

Han sido más de 40 años de constante esfuerzo por mantener una educación no segregada. Y no fue fácil en los primeros años, confiesa la ministra de Educación, pero hoy el apoyo es transversal, de todos los sectores políticos y de la ciudadanía.

La inclusión es tan prioritaria para el país, que así como las familias están obligadas a inscribir a sus niños en el colegio más cercano a su casa, las políticas de desarrollo urbano están, constantemente, buscando que los barrios sean integrados y que los municipios tengan capacidades similares -a diferencia de lo que ocurre en Chile-. Y aun así, si alguna comunidad escolar se queda atrás, existen también programas de atención especial y fondos adicionales para que puedan nivelarse.

Por supuesto que el modelo educacional de Finlandia no es solo inclusión. Pero no deja de llamar la atención cómo en todo momento sus autoridades nacionales y locales enfatizan que la segregación es enemiga de la calidad. Y es porque han entendido que aquellos niños que vienen de sectores más desfavorecidos tienen un horizonte de posibilidades más reducido, porque sus mundos son más pobres y sus referentes de éxito son también más débiles. La inclusión y la mezcla son, entonces, la forma de enviarles constantemente el mensaje de que son iguales, de que también pueden. Esta fue la razón por la que a mediados del siglo pasado EE.UU. terminó con la doctrina “separados, pero iguales”, que defendía igual calidad para negros y blancos, pero en escuelas separadas.

Y todos estos, coinciden hoy los países más avanzados, son elementos claves de la calidad: Del sistema, no solo de una escuela en particular.

La equidad como medida de calidad

En los últimos años la OCDE ha monitoreado especialmente la equidad de los sistemas educativos como medida de calidad de los mismos. Y los datos son contundentes: a menor desigualdad, mejora el rendimiento promedio, porque hay efectos pares o efectos modelo para los niños que vienen de estratos socioeconómicos más bajos.

Los países que han mostrado el mayor progreso en el desempeño en estos últimos años han sido Polonia y Turquía, aquellos que han mejorado sus indicadores de equidad (terminando con sistemas que seleccionaban tempranamente a los niños según su rendimiento) y de calidad (con cambios curriculares y mejor docencia).

¿Y qué países lo han hecho peor?

Uno de ellos es Suecia, que cayó en calidad y en equidad luego de abrir el sistema a colegios particulares con fines de lucro, lo que hoy están revirtiendo. Y otro es Francia, heredera de los principios de igualdad, solidaridad y cohesión social de la Revolución Francesa y de una educación laica e inclusiva de larga tradición.

El aspecto que más preocupa hoy a la ministra francesa de Educación es que en materia de equidad escolar, su país ha ido cayendo hasta el lugar 27, entre 34 países de la OCDE, y ello significa que la incidencia del origen social en los resultados escolares es mucho más fuerte que en otras naciones.

Frente a ello, el gobierno galo emprendió desde 2013 una reforma que es un viaje de retorno a la inclusión. Bajo el nombre de Refundación de la Escuela de la República, la nueva política plantea que “las desigualdades en el sistema escolar socavan la promesa republicana, que es permitir el éxito de todos” y que la Refundación “debe conducir a una reducción del impacto del ‘determinismo’ social y todas las desigualdades sociales y la discriminación”.

Volviendo a Chile

De vuelta al debate nacional, las conclusiones son claras: para Chile, la igualdad de oportunidades es una necesidad tanto por razones de cohesión social como de viabilidad económica, que es también una condición clave para el desarrollo económico y social.

Somos un país pequeño, alejado de los centros de consumo. Y como sabemos que el cobre no lo puede ser todo, darnos el lujo de perder talentos equivaldría a condenarnos al subdesarrollo.

El sueño de un desarrollo inclusivo y pleno, de un país capaz de insertarse en el mundo del siglo XXI, solo será posible cuando todos y cada uno de los chilenos y chilenas puedan alcanzar su máximo potencial, cuando no dejemos a nadie atrás. Nuestro éxito depende de cuánto esfuerzo hagamos en enviar constantemente la señal a todos los niños y niñas de que pueden llegar a lo más alto, independientemente del hogar donde hayan nacido.

Pero también necesitamos invertir en cohesión social.

Podemos discutir cuántas son las desigualdades aceptables en la llegada o, puesto de otra forma, cuántos son los umbrales mínimos de los cuales las personas no pueden caer en el transcurso de sus vidas. Pero no podemos sino consensuar que la igualdad en la partida, en la educación, es condición sine qua non para la legitimidad de aquellas diferencias que emergen realmente a partir del empeño y el talento personal y de la capacidad para innovar y arriesgar. Esa legitimidad es fundamental para el funcionamiento de una economía moderna.

Nada de lo anterior desconoce que todo esto será solo un sueño si no mejoramos significativamente la calidad y la dignificación de nuestra docencia; si no inspiramos la investigación de punta en nuestros métodos pedagógicos y didácticos, y si no aseguramos el uso eficiente de los recursos que todos los chilenos ponemos a disposición de los establecimientos educacionales. Y lo que nos enseña la experiencia de los países desarrollados es que todo esto debe construirse sobre los cimientos sólidos de la igualdad de oportunidades, que en este caso es educación de calidad para todos y todas.

Pero todo será también un anhelo si no cambiamos el tono del debate, si no bajamos las desconfianzas y dejamos a un lado los fantasmas y los prejuicios. Nuestro deber con las futuras generaciones, a las que debiéramos legar una sociedad más cohesionada y con oportunidades para todos, es encontrar los caminos para avanzar. Porque si en los principios estamos ya de acuerdo, sería una gran irresponsabilidad no alcanzar los acuerdos necesarios en las cuestiones instrumentales.

Si realmente -como afirma Daniel Innerarity- la principal urgencia de las democracias contemporáneas es recuperar el porvenir, nos ha tocado precisamente a nosotros la tarea de hacerlo para los niños y niñas de Chile, para nuestros nietos y nietas. ¿Estamos dispuestos a fallarles a ellos?

Fuente: EMOL