El proceso legislativo

Hugo Lavados: “La evaluación del impacto de su aplicación al mundo real no ha sido buena, más bien tendría una nota en rojo, lo que es irónico. Por supuesto, no me refiero a los planteamientos de los estudiantes, que no tienen por qué ser consistentes ni aplicables…”

Hemos estado inmersos en un verdadero mar de planteamientos sobre la necesidad de hacer cambios, la mayor parte de las veces con afirmaciones dogmáticas sobre los contenidos de ellos y el modo específico de hacerlos. No es infrecuente que dichas afirmaciones se expliquen mediante un oxímoron o con postulados circulares que se sostienen unos con otros, sin soportes en la evidencia disponible.

Se observa la importante influencia de algunos políticos, analistas políticos y un grupo de autodenominados “intelectuales”, que con sus planteamientos están determinando el curso de políticas públicas de gran relevancia para el futuro del país. No habría motivos para cuestionar que esos postulados sean el sostén de la ideología y políticas predominantes en la Nueva Mayoría y en el gobierno. El problema es que las ideas y políticas no pasan un test de consistencia ni la prueba en el mundo real, por deficiencias muy serias y evidentes en el diagnóstico y en la ejecución. Además, se insiste en utilizar un modelo “ideal”, que se compara, con muy poca lógica, con el que existe, el “real”.

Creo que viene al caso una cita, tomada de un artículo de Antonio Valdecantos, que leí en El País de España hace un par de años: “Con más o menos experiencia y viajes a sus espaldas, el ensayista español es una criatura prodigiosamente apta para prescindir de la realidad”. 

Una de las posibles razones de lo anterior es la pretendida superioridad moral de los principios que están en la base de tales planteamientos. Lo observamos cuando se afirma que aquellas instituciones y políticas nacidas en el periodo de la dictadura militar tienen un “pecado original”, por lo que serían insanablemente malas, sin considerar sus resultados ni las interrelaciones que se han desarrollado en los 30 o más años desde que se mordió la manzana. En el extremo opuesto del espectro político, lo tenemos en la defensa de la libertad, pero referida a una gran libertad económica junto con el ataque a muchas manifestaciones de libertad individual.

La evaluación del impacto de su aplicación al mundo real no ha sido buena, más bien tendría una nota en rojo, lo que es irónico. Por supuesto, no me refiero a los planteamientos de los estudiantes, que no tienen por qué ser consistentes ni aplicables; su contribución no va por ese lado, sino por hacer cuestionamientos al orden establecido, que es algo necesario. Ese es el sentido, en mi opinión, del “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Naturalmente, no es su responsabilidad que los consideren a la vanguardia del debate intelectual, ni menos que se tome en serio que conversar con ellos siempre lleve a acuerdos vinculantes.

Una de las razones de la calificación deficiente puede encontrarse en el proceso legislativo en el Parlamento. Se presentan proyectos de ley justificados en objetivos generales, que tienen gran apoyo en todo el país; pero se fundamentan en diagnósticos muy parciales o simplemente con errores; su redacción no siempre es prolija, lo que debería llevar a revisiones con tiempo suficiente para ello. No obstante, la presión por tramitaciones urgentes, con un voluntarismo enorme en las fechas de aprobación, ha llevado a espectáculos tragicómicos. Leímos el reportaje sobre un senador de la República que “participaba”, simultáneamente, en una votación en la Sala y en dos Comisiones; en estas últimas se supone que se debería analizar en profundidad y acordar el texto de cada artículo. Por supuesto, esa manera de legislar genera leyes con una altísima probabilidad de errores, que luego es necesario enmendar con otra ley.

Hugo Lavados Montes
Rector
Universidad San Sebastián 

Fuente: El Mercurio