La necesidad de un gran acuerdo en Educación

Chile necesita un gran acuerdo nacional en Educación, el que como ha dicho Sergio Bitar no debe depender de un voto más. La reforma es tan importante que tampoco puede depender del precio del cobre o de si se logra o no la recaudación tributaria esperada. Menos puede depender de los cambios de gobierno.

El Ministerio de Educación ha proyectado tanta confusión que hasta el día de hoy no se conocen los proyectos, ni siquiera en los Diálogos convocados por el Ministerio hay documentos que permitan un intercambio de ideas en temas importantes, por lo que lo más probable es que se logren únicamente conversaciones, que no es lo mismo que un diálogo.

Se necesita un acuerdo que dé un horizonte de tiempo del que hoy se carece, sobre todo, porque se necesita alrededor de una generación para que se noten cambios de verdad en educación, además que en los ejemplos exitosos conocidos, que incluyen a países asiáticos, oceánicos y escandinavos, no se ha partido por la cola, es decir, la educación superior, sino que se han preocupado de la preescolar y se ha seguido el orden lógico con la primaria y la secundaria.

De hecho, si se quisieran reducir los años de estudio para las carreras universitarias tal como en EE.UU. o en el Acuerdo de Bolonia europeo, la verdad es que en Chile no se podría hacer hoy, por la sencilla razón que los alumnos no llegan lo suficientemente bien preparados a su primer año universitario. En nuestro país, la desigualdad no queda marcada a fuego a los 18 años, sino que a los 6, donde dependiendo de la familia o del lugar donde se nace (es decir, discriminación social y territorial), va a depender el destino de vida de los niños, lo que es terriblemente injusto.

Un gran acuerdo en educación podría ser también el punto de partida de un gobierno de solo cuatro años para otros temas en los que también es necesario un horizonte-país: energía, jubilaciones, tercera edad, infancia, sólo por mencionar algunos, para no agregar el hoy postergado tema constitucional.

Es curioso no reparar que una vez ya lo hicimos como país, generando a través de la educación lo que es quizás el cambio social más exitoso y duradero de nuestra historia. En efecto, debemos mirar a una experiencia que tuvo lugar en el siglo XX, donde entre la ley de instrucción primaria obligatoria y los gobiernos radicales, la educación pública permitió el ascenso de la clase media, acuerdo nacional que se prolongó hasta la década del 70, y del cual muchos somos orgullosos beneficiarios. En otras palabras, en un Chile mucho más pobre, un gran acuerdo posibilitó educación pública de calidad y movilidad social.

Nos muestra un camino a ser seguido, no sólo por su éxito, sino porque en educación no hay logros instantáneos. Hoy, están dadas las condiciones, ya que como pocas veces en nuestra historia hay un apoyo tan amplio acerca de la necesidad de una reforma que logre igualdad, equidad y en definitiva un Chile mejor y más justo.

Ello pasa por escuchar e integrar a todos, pero también por abandonar lo que ha sobrado, es decir, ideologismo, y ponernos a trabajar en lo que hemos carecido: acuerdos y, sobre todo, disposición a escuchar y dialogar para que lo que se transforme en ley vaya más allá de un gobierno. Ante todo, aportes técnicos, los que hasta el momento han brillado por su ausencia, más aún en temas que tienen que ver con lo que debiera ser el fondo de la reforma, es decir, su calidad, y también pagar deudas que tiene la democracia con los jóvenes, tal como la educación cívica.

Esta alternativa es mejor que lo que está pasando: falta de prepuestas técnicas, desconocimiento de cómo funciona el sistema, negación de los logros, modestos pero logros sobre todo en cobertura, obtenidos en democracia, falta de valoración de principios tan importantes como la diversidad, el derecho de los padres, y preocupación preferencial por los más carenciados desde el punto de vista económico, social y cultural.

Toda estructura tiende a reproducir la sociedad de la que forma parte y la educación no es excepción. Es el vaso medio vacío. Pero también ninguna otra fórmula social puede producir mayor igualdad de oportunidades en la vida y movilidad social que ella. Es el vaso medio lleno.

Lo peor que podría pasar, es que el cúmulo de errores haga descender este apoyo social que hoy existe para priorizar la educación y se desperdicie esta oportunidad casi única. Pesada sería la responsabilidad histórica que se echarían sobre sus hombros quienes no están disponibles para este gran acuerdo.

Quizás todo se hubiese dado distinto si se hubiese partido con planes concretos hacia una mayor igualdad, si hubiesen existido propuestas referentes a los nudos críticos, tales como la educación municipal y la necesidad de mayores recursos para la subvención escolar y, sobre todo, para el aula y los profesores.

Nada de eso se ha visto, al menos todavía. Sin embargo, no es tarde para volver a encontrar el foco donde corresponde: un gran acuerdo nacional en educación.

Lo peor sería verlo como parte de una pequeña guerrilla política, en que algunos se quieran desquitar del acuerdo que se obtuvo (por ahora) en la reforma tributaria. En efecto, allí ocurrió algo aplaudible, que fue la capacidad de lograr acuerdos, sobre todo, si los votos no estaban en el Senado, y algo criticable, una forma que no es propia de la democracia, es decir, reuniones privadas fuera del Parlamento, es decir, fuera del escrutinio público, que recordó la reforma tributaria de los 90, la que fue exitosa, pero se obtuvo en forma similar, lo que era explicable en el Chile de aquel entonces, pero no hoy. Por cierto, tampoco es propio de una democracia madura lo que presenciamos en la Cámara de Diputados, es decir, que representantes electos se transformaran en meros buzones.

Malo sería que se quisiera empatar lo que ocurrió con la negativa a abrir un acuerdo en educación, donde claramente hemos logrado una cobertura propia de países desarrollados, pero con una calidad lejana a ese nivel.

Ese es nuestro desafío, y el gobierno está en condiciones de lograr ese acuerdo, por la sencilla razón que tiene una mayoría en el Congreso y la Presidenta tiene la legitimidad de una muy clara victoria en las urnas. Sobre esa base, a diferencia de lo que ocurrió en la transición, lo que se logre incorporando a otros es un símbolo de fortaleza y no de debilidad: parte de un objetivo de cambio social que debiera partir por lo que todavía no se conoce, ya que hasta ahora lo presentado tiene poco que ver con educación y mucho con otros temas, tales como propiedad o intervención.

Un gran acuerdo en educación podría ser también el punto de partida de un gobierno de sólo cuatro años para otros temas en lo que también es necesario un horizonte-país: energía, jubilaciones, tercera edad, infancia, sólo por mencionar algunos, para no agregar el hoy postergado tema constitucional.

¿Por qué no un gran acuerdo en Educación? No veo problemas, ya que, por el contrario, es donde es más necesario y, por ello, lo he propuesto siempre para que todo sea abierto y transparente, a diferencia de lo que se ha criticado.

Por lo demás, Chile se caracteriza también por cambios en sus prioridades, razón adicional para no desaprovechar el viento a favor que todavía existe en pos de una mejor educación, ya que sería imperdonable que, por falta de un verdadero diálogo, terminemos no con lo que todos esperamos, es decir, mejor y no igual o peor calidad que lo que hoy tenemos.

El siguiente artículo fue publicado en “El Mostrador” con fecha 02 de Agosto de 2014.

Fuente: El Mostrador