Las comunidades académicas recuerdan de manera recurrente el rol del “Aseguramiento de la Calidad” (AC) y de su gestión con ocasión de los procesos de acreditación institucional y/o de acreditación de sus carreras o de sus programas, pero poco se identifica su acción con otras actividades o condiciones que afectan a las universidades, tanto en escenarios de “normalidad”, como bajo otras situaciones que afectan su funcionamiento.

El AC en las universidades y por seguro, de la misma forma aplicable en las otras Instituciones de Educación Superior (IES), se ha transformado en un área transversal y de mucha importancia para ir coadyuvando y apoyando colaborativamente a las otras áreas de gestión institucional, particularmente a aquellas centradas en la docencia.

Desde octubre del año pasado, los Sistemas de Aseguramiento de la Calidad (SAC) han sido sometidos a prueba. Asimismo, las orgánicas responsables de la gestión institucional han debido desarrollar múltiples iniciativas, en favor de generar instancias que accionen proactivamente respuestas y soluciones a los múltiples desafíos que enfrenta la Educación Superior. Para ello se han generado procesos y procedimientos alternativos que han permitido registrar evidencias de las acciones sistemáticas de mejora continua.

En el último año, como resultado de la profunda crisis social ocurrida a partir de octubre de 2019 unida a la pandemia que nos afecta desde marzo de 2020, las universidades se han visto obligadas a extremar medidas para cumplir su misión y su rol en la sociedad. La gestión estratégica, el análisis permanente del ambiente externo e interno, el liderazgo de las autoridades, la proactividad y la anticipación en implementar medidas eficientes, la búsqueda de mecanismos alternativos así como muchas otras acciones, han sido claves para accionar en tres pilares el aseguramiento de la calidad: la consistencia externa, la consistencia interna y el mejoramiento continuo o evolución.

En términos de consistencia externa, los esfuerzos han estado centrados en la forma de analizar, planificar y responder de las IES hacia la entrega de apoyo y soluciones a las necesidades que cada comunidad académica ha requerido, para dar satisfacción a las exigencias y compromisos con sus grupos de referencia y el entorno social en que cada institución se desenvuelve.

Respecto de la consistencia interna, sin duda, los principales esfuerzos han estado dirigidos hacia la respuesta institucional para cumplir con su misión, propósitos y compromisos institucionales, desarrollando con iniciativa y amplio uso de distintos recursos, procesos y mecanismos de AC que permitan continuar con la actividad académica de la mejor forma posible, ajustando, flexible y eficientemente, sus planes y programas de estudio. De la misma manera, se procura, en la medida que la crisis lo permita, ejecutar actividades presenciales controladas, semi presenciales o en formatos rotativos, con amplio uso de TICs, respeto a las medidas sanitarias y a las opciones que cada integrante de la comunidad académica pueda tomar para su regreso paulatino y seguro a las aulas.

Finalmente, en términos de mejora continua, desde octubre y hasta que la pandemia lo permita, las instituciones y particularmente las áreas responsables del AC, tenemos la gran oportunidad de desarrollar mecanismos de AC, que permitan optimizar y desarrollar procesos eficientes; generar mecanismos que otorguen valor agregado y respondan a las restricciones actuales; que pese a las situaciones externas e internas adversas, apoyen a la mejora de resultados y que permitan además, propender a una mejora continua hacia modalidades y metodologías que hasta antes de las dos crisis que hemos vivido, no se valoraban prioritariamente y que hoy tenemos la gran oportunidad de evidenciar.

Humberto León
Director General de Aseguramiento de la Calidad
Universidad Bernardo O’Higgins

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