El rector de la Universidad Finis Terrae y exsubsecretario de Educación Superior asegura que el impacto social del nivel parvulario es mayor. Propone, además, cambios a la gratuidad para que haya más recursos disponibles.
Por estos días, Juan Eduardo Vargas, rector de la U. Finis Terrae, ha cumplido un rol opuesto al que realizaba hace cuatro años, cuando era subsecretario de Educación Superior. Más que defender la partida, le ha tocado ir al Congreso Nacional a opinar y solicitar más recursos para el sector el próximo año.
Como representante de la Corporación de Universidades Privadas (CUP), señaló ante los legisladores que “esta no es una defensa de las universidades privadas como instituciones, sino una defensa de la equidad que merece cualquier estudiante en Chile, independientemente del plantel que haya elegido para desplegar sus capacidades”.
En el debate que se ha desarrollado en el Poder Legislativo, han surgido dos grandes posturas: una la han defendido rectores de la U. de Chile y U. Católica, entre otros. “Las universidades ya están subsidiando una política pública insuficientemente financiada (gratuidad). Pedirles además que absorban recortes es exigirles un esfuerzo que el propio Estado no está dispuesto a hacer”, dijo, por ejemplo, Juan Carlos de la Llera (PUC), mediante una carta dirigida a la comisión mixta.
La segunda, en tanto, ha sido sustentada por rectores como Carlos Peña (U. Diego Portales), quien sostuvo que “parece obvio que si no hay recursos o si ellos son escasos para invertir o gastar en primera infancia, hay que sacrificar algún otro bien. Si el monto total destinado a educación es ya muy relevante y no se puede incrementar más, o si, como es el caso, el presupuesto de Educación ya se ha multiplicado, y si otras urgencias como salud o vivienda no se pueden desatender, entonces no parece descaminado redistribuir recursos dentro del total destinado a educación, disminuyendo, por ejemplo, lo destinado a investigación e incrementando lo de primera infancia”.
—¿Cómo ha visto usted esta discusión presupuestaria? Algunos rectores han señalado que ha sido particularmente dura, porque no estarían pidiendo un aumento, sino que se mantenga lo que se entrega.
—En primer lugar, hay que tener en consideración cuál es el contexto presupuestario de la nación. Y hay conciencia de que el espacio para aumentar el presupuesto de todo el país es muy limitado. De hecho, lo que está aumentando es 1,5%. Y, viendo que hay otras prioridades a nivel nacional, vinculadas con la seguridad, con la necesidad de crear más empleo, o incluso con salud, cuesta pensar que no se tenga eso en consideración, por parte de los rectores, al momento de discutir el presupuesto de Educación.
—Desde el Mineduc se ha señalado que los aumentos que puede tener la cartera se harán en los otros niveles, no en educación superior.
—Es bastante evidente, y así dan cuenta de ello diversos informes y numerosos estudios, que la educación parvularia y la escolar tienen un mayor impacto social que la superior. Entonces, me llama la atención que no haya una mayor sensibilidad, por parte de los rectores en general, para sopesar esto y poder comprender la situación de forma tal que pueda priorizarse, en este contexto de austeridad, la educación inicial como lo está haciendo el ministerio.
Insiste: “Me llama la atención que no haya un poquito más de empatía con las necesidades más urgentes del país y con el hecho de que tiene más impacto social la inversión en educación inicial y escolar. Y eso, por supuesto, también considerando que Chile destina muchos recursos a la educación superior”.
—Si los rectores tuvieran más empatía, como usted plantea, o finalmente no pelearan por más recursos, ¿no implicaría poner en riesgo su operación, docencia, investigación?
—Nosotros, como Corporación de Universidades Privadas, lo que le hemos dicho al ministerio es que entendemos que hay un contexto presupuestario adverso y que entendemos que es necesario apretarse el cinturón. Lo que buscamos es que dentro del presupuesto de educación superior se haga una distribución justa, que reconozca el aporte de cada una de nuestras instituciones. Eso, por una parte. Pero, por otra parte, si ve los estados financieros de las universidades, y particularmente de ciertas universidades, puede darse cuenta de que, en general, gozan de buena salud financiera. Y eso me lleva a pensar que un pequeño ajuste, como el que se está proponiendo, no debiera tener un impacto significativo en las diversas iniciativas que ellas desarrollan.
“El elefante en la sala”
A juicio de Vargas, en educación superior hay algo que los expertos Loreto Cox y Harald Beyer llamaron “el elefante en la sala”, y tiene que ver con los recursos que se destinan a gratuidad. Para 2027 están estimados cerca de US$ 2.600 millones, y “yo estoy convencido de que esta inversión va a seguir incrementándose”, dice el representante de la UFT, que también adscribe a la política.
“Cuando hay un contexto nacional adverso desde el punto de vista presupuestario, creo que a todas luces se hace evidente que debiésemos sentarnos a discutir cómo vamos a rediseñar la gratuidad, de manera tal que no siga concentrando todos los incrementos presupuestarios de educación superior, pero también de educación”.
—¿Cuál es el cambio que propone?
—No abogo por una eliminación de la gratuidad, sino que más bien por un rediseño que la haga sostenible, si realmente queremos mantenerla. O dicho de otra forma, si no hay un rediseño, estoy seguro de que más temprano que tarde llegará algún gobierno y simplemente dirá que no hay alternativa para la gratuidad.
Así, el exsubsecretario propone que el beneficio sea para los estudiantes de hasta el sexto decil de ingresos y para los dos primeros años de estudio, “y a partir del tercer año, tener un esquema que combine parcialmente una gratuidad con un crédito contingente al ingreso. ¿Cuál es la ventaja de este mecanismo? Por cierto, disminuye fuertemente los recursos destinados a gratuidad”, afirma.
Y añade que también se reduciría la deserción.
—Por el contrario, si son solo dos años de gratuidad, ¿no se podría incentivar que mucha gente que no estaba segura de qué estudiar sienta que no pierde nada con hacerlo?
—Es que sí, pero ese incentivo hoy también existe y con mayor razón si hoy te dan gratuidad cinco años.
—Si se “liberan” los recursos de gratuidad, esos más de US$ 2.600 millones, ¿a qué se deberían destinar?
—Yo abogo por que en educación superior se vuelva a esta combinación virtuosa que había de colaboración público-privada. De alguna manera, lo que hemos visto en los últimos años, con la irrupción de la gratuidad, es que todo aquello, o una parte importante de lo que aportaban los privados, las familias, dejó de entregarse y eso fue suplido por el Estado. Yo creo que lo mejor para un país como el nuestro, que no es un país rico precisamente, es que esa colaboración público-privada se vuelva a poner en valor, de manera tal que esos recursos que se liberan puedan destinarse a aquellos niveles educativos en donde no hay ninguna duda que habrá un mayor impacto social para nuestro país.
Las otras discusiones en medio de “coyuntura muy particular”
—La ministra María Paz Arzola siempre ha señalado que el foco de su gestión no será educación superior. En ese sentido, ¿cree que el sector ha estado más callado? ¿Qué discusión cree que ha faltado?
—Yo separo las cosas. Me parece bien que se hable de los niveles educativos que tienen mayor impacto social. Pero, evidentemente, las universidades tenemos mucho que decir en diferentes órdenes de cosas. Yo lamento realmente cuando los rectores aparecen o aparecemos hablando simplemente de presupuesto. Evidentemente, los recursos son importantes, pero tenemos mucho más que decir.
O sea, hay que pensar lo siguiente: estamos enfrentando una coyuntura muy particular, muy compleja, en el sentido de que hay un mercado laboral que está cambiando, hay una tecnología que ha irrumpido en la sociedad y que está teniendo algún tipo de efecto en la contratación de jóvenes profesionales. ¿No sería más importante que nos abocáramos a discutir entre nosotros de qué forma enfrentamos estos desafíos, más que hablar únicamente, o principalmente, del presupuesto de la nación? Eso es simplemente por poner un ejemplo.
Para mí, un desafío mayúsculo como universidad es cómo formamos a nuestros estudiantes actuales en un contexto en el que no sabemos exactamente en qué se van a desempeñar en cinco años más, en 10 años más.
Fuente: El Mercurio.